El Museo Nacional de la Joya.
Abrió sus puertas bajo su actual aspecto en diciembre de 2006, y ha sido concebido por el Ministerio de Cultura de Marruecos en colaboración con la Junta de Andalucía. Este pequeño pero atractivo museo se sitúa en plena kasbah de los Udaya, tras las murallas almohades de la ciudad, en lo que fue un palacete del siglo XVII. Alberga unas 320 piezas de orfebrería tradicional y prehistórica, tanto de tipo urbano como rural. Femeninas y masculinas. Las piezas, pocas pero escogidas, abarcan desde la prehistoria hasta el siglo XIX. “Ésa es la característica del museo, su hilo conductor, que lleva a todas y cada una de las épocas desde la prehistoria”, explica Abdelkader Chergui, su director.
De hecho, se están realizando unas excavaciones junto a Ujda, en el noroeste del país, que han permitido hallar las joyas más antiguas del mundo, a decir de Chergui. Se trata de ornamentos hechos con conchas marinas. Lo primitivo y en apariencia común de estos ajuares dificulta imaginar la antigüedad de las manos que los concibieron: ¡nada menos que 83.000 años!
En este hermoso edificio articulado en torno a un clásico patio de la arquitectura arábigoandaluza se distribuyen las salas, que dan comienzo a la prehistoria, con algunos adornos de conchas y hueso pertenecientes al paleolítico superior. Del neolítico data un sorprendente bajorrelieve en piedra procedente del Anti Atlas, que reproduce una fíbula que no se diferencia en nada de las elaboradas hasta la actualidad. De tiempos romanos es un fabuloso collar de cuentas de vidrio, mientras que la época púnico-fenicia está representada por una serie de zarcillos, colgantes y anillos de oro y otros materiales, algunos de ellos muy similares a los hallados en los yacimientos españoles, como los de Ibiza, lo que demuestra que las artes también viajan. Los dinares y otras monedas de oro ilustran la etapa medieval, mientras que los siglos XVIII y XIX son los mejor representados.
Algunas de las estrellas incontestables del museo son las piezas etnográficas: levas (grandes collares pectorales utilizados en las bodas) y tajs, o diademas, así como colgantes y manos de Fátima, o jamsas, todos de oro incrustado de granates, rubíes, esmeraldas y zafiros. Un delirio de lujo y belleza. También destacan los ornamentos masculinos, que, a juzgar por su riqueza, compiten en coquetería con los femeninos: gumías, puñales, espingardas, polvoreras y demás. Las joyas de tipo rural, lo mismo que las urbanas, se caracterizan por el uso de la plata, las aleaciones de otros metales y los esmaltes. Fíbulas, ajorcas y brazaletes cuentan entre las piezas más empleadas.